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El análisis de Carlos Matallanas sobre el fútbol femenino: “A las chicas, lo que es justo”

El fútbol femenino en España se encuentra en un momento histórico. Con la negociación del convenio colectivo se están sentando las bases para normalizar la situación laboral de unas deportistas acostumbradas a la incertidumbre por una actividad que ha sido habitualmente semiprofesional. Se mueve dinero en concepto de sueldo, remuneraciones muy diferentes de unos clubes a otros, pero el limbo en la regulación ha hecho que sea habitual que no se esté cotizando lo que corresponde por esas ganancias. Hay una desprotección de derechos que hay que solucionar ya, porque los impagos o los problemas por una lesión, por ejemplo, son difíciles de combatir si no hay un convenio y reglamentación fuertes. En el caso del deporte femenino, además, urge proteger la maternidad. Es alarmante el dato de que ninguna jugadora de la Liga Iberdrola sea madre, lo que refleja que seguramente ni siquiera se lo puedan plantear en las condiciones actuales.

Ahora bien, lo difícil es acordar cuáles son los parámetros idóneos en los que fijar las reglas concretamente. Los clubes tienen diferentes capacidades económicas y esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de establecer cuál debe ser el salario mínimo. Cada vez hay más respaldo de las empresas patrocinadoras, los estamentos federativos y los medios. La televisión ha entrado con más o menos fuerza. El fútbol femenino ya ha dejado de ser marginal. Ahora mismo, cualquier niña española puede decir que quiere jugar al fútbol y ya no suena raro a nadie, como sí pasaba hasta hace bien poco. El avance social ha sido enorme en muy pocos años. Sin embargo, en el largo camino que queda todavía por recorrer, es un error fijar los objetivos comparándose con los hombres futbolistas. Y, además, es un fallo de análisis muy habitual en este debate.

Compararse con el fútbol masculino siempre es un error porque es, con muchísima diferencia, lo que más gusta en España. De los casi cuatro millones de licencias federativas de todos los deportes que existen en nuestro país, un millón son de fútbol. Y de estas, el 95% son de chicos. La ansiada igualdad entre sexos no es equiparable a la igualdad de realidades deportivas que son completamente distintas. Los enormes sueldos de los futbolistas profesionales varones responden a una ingente cantidad de dinero que se explica por los cientos de millones de aficionados que los siguen con fervor en todo el planeta. Ahí ya entra el mercado y los gustos de la gente. Claro que hay que abrir las puertas mediáticas para que las competiciones minoritarias lleguen cada vez a más público potencial. Pero siempre va a haber unos límites de seguimiento que marcarán la diferencia entre unas actividades y otras.

No me gustaría que se me malinterpretara en un debate que en realidad tiene muchos grises, nada es aquí blanco o negro. Simplemente quiero alertar de algo que podría ser muy perjudicial a largo plazo para el fútbol femenino. Me refiero a que, con ánimo de ayudar por parte de todos, se exagere en las decisiones que se tomen y se cree una burbuja económica y mediática sin respaldo real de una afición verdaderamente fiel e implantada. Porque en unos años podríamos estar hablando de un juguete roto y de una oportunidad histórica perdida. Mejor avanzar con pasos cortos y seguros.

Conozco perfectamente la precariedad que buscan ahora erradicar las chicas. He sido muchos años futbolista de Tercera División y entiendo la controversia del semiprofesionalismo. Yo siempre he pensado que se debería abordar de manera general en la Ley del Deporte, para generar cotizaciones parciales y específicas, y derechos protegidos, para este tipo de deportistas de gran dedicación, pero con sueldos que no dan para vivir exclusivamente del deporte.

Antes o después de mi entrenamiento, o a la vez en el campo contiguo, ha entrenado a diario algún equipo de la Primera División femenina durante varias temporadas. He jugado un domingo cualquiera en el campo del filial del Rayo Vallecano y, después de este partido normal de Tercera masculina, se jugó un Rayo-Barcelona de Primera femenina crucial para el título, pero con la mitad del público que nos estaba viendo a nosotros unos minutos antes. Idéntica comparación podría hacerse con los asistentes a cualquier encuentro de Tercera o en modestos campos de Segunda B y los muchos menos que acuden a partidos de la élite masculina de deportes olímpicos en los que somos potencias mundiales, como el waterpolo o el hockey hierba. Esta es la realidad, debemos potenciar el seguimiento y la práctica de estas disciplinas minoritarias, pero las diferencias seguirán siendo enormes.

Ahora se están batiendo récords de asistencia en el fútbol femenino —60.739 espectadores vieron en directo el Atlético-Barça de la Liga Iberdrola—, disputándose partidos puntuales en grandes estadios, con reparto de invitaciones entre los socios del equipo masculino y con precios de entradas populares que rondan los diez euros, como los de cualquier partido que yo he jugado. Me parecen medidas muy acertadas porque estamos en etapa de difusión y captación de aficionados para el fútbol femenino, a lo que también ayudará el próximo Mundial. Pero lo importante de verdad es observar a medio plazo cuál es el seguimiento real de la liga femenina, que esperemos que sea el máximo posible, y a partir de ahí hacer un buen reparto, justo y digno, del dinero generado entre las únicas protagonistas del tinglado: las futbolistas.

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